Tres Caminos hacia lo Invisible

by Tony de la Mora | Cuaderno

A comienzos del siglo XX, mientras gran parte del arte occidental dirigía su mirada hacia la representación del mundo visible, algunas artistas comenzaron a recorrer el camino contrario: utilizar la pintura para aproximarse a aquello que no podía verse. Sus lenguajes fueron distintos, sus geografías también, pero existe entre ellas una conversación silenciosa que todavía continúa.

Hilma af Klint buscó representar la arquitectura del universo invisible. Su obra se construye mediante geometrías, espirales, símbolos y estructuras que parecen diagramas de una realidad superior. La pintura se convierte en un lenguaje para describir fuerzas, energías y procesos que existen más allá de la percepción ordinaria. No pinta objetos; pinta sistemas.

Agnes Pelton eligió otro camino. Sus formas luminosas, sus flores suspendidas y sus atmósferas silenciosas no intentan explicar el cosmos sino evocarlo. Allí donde Hilma organiza, Pelton contempla. Sus cuadros parecen surgir de estados meditativos, como si la luz interior adquiriera lentamente forma y color sobre el lienzo.

Georgia O’Keeffe, por su parte, dirigió la mirada hacia el mundo visible hasta hacerlo casi irreconocible. Sus flores ampliadas dejan de ser flores para convertirse en paisajes, cavidades o respiraciones. Los huesos del desierto parecen reliquias rituales. Las montañas adquieren la presencia de cuerpos dormidos. El misterio no aparece aquí como revelación espiritual, sino como una cualidad latente en la propia naturaleza.

Quizá esa sea la diferencia fundamental entre las tres. Hilma af Klint mira hacia el interior del universo y encuentra geometría. Agnes Pelton mira hacia el interior de la conciencia y encuentra luz. Georgia O’Keeffe mira hacia el exterior del mundo y descubre que también allí habita el misterio. Las tres, sin embargo, parecen compartir una misma intuición: la realidad visible es solamente la superficie de algo más profundo.

Resulta curioso que dos de ellas encontraran su hogar artístico en los paisajes abiertos y silenciosos del desierto norteamericano. Tal vez el desierto, con su economía de formas y su inmensidad, favorece la aparición de preguntas esenciales. Allí una montaña vuelve a ser solamente una montaña, una flor se convierte en universo y un hueso puede contener la memoria del tiempo.

Más de un siglo después, sus obras siguen dialogando con quienes continúan intentando traducir lo intangible a un lenguaje humano. Porque quizá toda creación nace de la misma pregunta: ¿Cómo dar forma a aquello que todavía no tiene forma?Algunas artistas respondieron con geometría. Otras con luz. Otras con la contemplación de la naturaleza. Y otras, quizá, seguirán intentando materializar lo invisible en la materia misma.