Las primeras tablas fueron entregadas a Moisés en el monte Sinaí. Al bajar y encontrar al pueblo adorando el becerro de oro, Moisés las rompió. Las segundas tablas fueron talladas nuevamente por Moisés y Dios volvió a escribir los Diez Mandamientos sobre ellas. Estas segundas tablas fueron colocadas dentro del Arca de la Alianza, un cofre sagrado revestido de oro. El Arca permaneció primero en el Tabernáculo y más tarde, según la tradición, en el Santo de los Santos del Primer Templo de Jerusalén, construido por el rey Salomón.
Cuando los babilonios destruyeron Jerusalén en el año 586 a. C., el Arca desaparece del registro histórico. Desde entonces surgen varias hipótesis:
- Fue escondida por sacerdotes antes de la invasión.
- Fue destruida junto con el Templo.
- Fue llevada a Babilonia como botín, aunque no existe un registro babilónico que la mencione.
- La tradición etíope sostiene que el Arca se encuentra en Iglesia de Nuestra Señora María de Sion, custodiada por un solo monje. Sin embargo, nunca ha sido examinada por investigadores independientes, por lo que no puede verificarse.
Es interesante que en el libro de 2 Macabeos relata que el profeta Jeremías ocultó el Arca en una cueva del Monte Nebo y que permanecería escondida hasta que Dios decidiera revelarla nuevamente. Esta es una tradición religiosa, no un hecho históricamente confirmado.
La arqueología dice que hasta hoy no se ha encontrado el Arca, ni las Tablas ni existe evidencia arqueológica verificable de su ubicación actual.
Desde una perspectiva histórica, lo más prudente es decir que su destino es desconocido.
Curiosamente, en estudios teosóficos y simbólicos, hay un aspecto que suele pasar desapercibido: las Tablas representan mucho más que dos piedras con leyes. Simbólicamente, son la idea de que la ley espiritual queda “grabada” en la conciencia humana. De hecho, varias tradiciones místicas —incluida parte de la literatura teosófica— interpretan que la verdadero “Arca” es el ser humano cuando se convierte en custodio de esa ley interior. Esa lectura no pretende sustituir la historia, sino ofrecer una interpretación espiritual del relato.

